MATRIMONIO SÍ; MATRIMONIO NO

Por: Sandra Nuñez

En uno de esos días de asfixiante calor en que compartes tarde con algunos amigos, salió en la conversación el tan comentado y polémico tema del matrimonio.

Como si de un tema de religión, política o de equipos de futbol se tratara, todos tenemos nuestra opinión que defenderíamos con uñas y dientes hasta las mismas puertas del cielo o para aquellos que somos un poco peores, del infierno.

Están las opiniones de que el matrimonio es la consagración máxima del amor, a lo cual los menos proclives siempre responden que el amor dura lo que tenga que durar hasta que empieza la convivencia y aquello que te resultaba tan “mono” de tu novio/a en los periodos de tonteo, ligoteo y posterior noviazgo se convierte por arte de magia en algo inaguantable, insoportable y que te saca de quicio cuando el matrimonio y en su caso la convivencia hace su aparición en la pareja.

Por otro lado, aquellos que reniegan del matrimonio, siempre son cuestionados por su egoísta individualidad y por no saber prometer amor y respeto eterno para aquella persona con la que has decidido pasar el resto de tu vida, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza y porque no decirlo en la soledad de esta vida que sin alguien con quien compartirla pierde su sentido.

Y aquellos muchos más prácticos, que abiertamente reconocen que utilizarían el matrimonio para poder conseguir ser ciudadano americano sin importar el qué ni ante quien deban prometer amor eterno. Para todos ellos, el fin justifica los medios, y vaya si lo justifican.

Ya se pueden imaginar como termino la conversación, cada uno teniendo razón en nuestro discurso sin que existiera la más mínima posibilidad de cuestionarnos que a lo mejor el otro tuviera razón y escandalizados por lo que decían los demás. Eso sí, nada que no se arreglara con la siguiente ronda….

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